/ Mayo-Junio 2026 78 Opinión El virus del hantavirus nos ha trasladado al año 2020, a aquellos inicios de la gestión de la pandemia de la COVID-19, cuando en los momentos iniciales nos decían que se trataba de un virus similar a una gripe y que no nos teníamos que alarmar; pero la realidad superó a ese mensaje inicial y nadie se imaginaba la lacra social que nos tocaría vivir. Nos vuelven a pedir calma y que no comparemos con la COVID-19. No obstante, mirar de reojo al pasado y que se haya generado una preocupación social es inevitable. La psicología cognitiva lleva décadas estudiando este fenómeno. Uno de los trabajos científicos más influyentes es el artículo “Bad is Stronger than Good”, de Roy F. Baumeister y colaboradores, publicado en Review of General Psychology, en 2001. El estudio concluye que los acontecimientos negativos generan un impacto psicológico más intenso, duradero y profundo que los positivos. Los autores demostraron que las amenazas se recuerdan mejor, condicionan más la conducta y dejan huellas emocionales mucho más resistentes al cambio. Ello explicaría el porqué del alarmismo que existe frente a la gestión del hantavirus. Conceptos como “virus”, “contagio” o “emergencia sanitaria” activan respuestas emocionales en base a la experiencia vivida en el coronavirus. La seguridad no depende únicamente de los datos objetivos de criminalidad o riesgo, sino también de cómo las personas interpretan emocionalmente ese entorno. Y ahí aparece un elemento clave: la percepción de inseguridad. Una sociedad puede presentar indicadores delictivos relativamente estables y, sin embargo, experimentar un aumento de la sensación de inseguridad. El miedo no siempre responde proporcionalmente al dato estadístico; responde también a la exposición mediática, a las experiencias traumáticas previas, a la incertidumbre y a la sensación de pérdida de control. Las encuestas de victimización reflejan claramente este fenómeno. Por ejemplo, la última Encuesta de Seguridad Pública de Catalunya reveló que un 33 por ciento de las personas entrevistadas había dejado de hacer actividades por miedo a ser víctima, porcentaje que ascendía hasta el 45 por ciento en el caso de las mujeres. Esta encuesta demuestra que las personas no actúan únicamente según la realidad que viven, sino según la realidad que perciben. Ahí reside uno de los grandes retos de los profesionales de la seguridad y las emergencias: gestionar los riesgos reales y el impacto psicológico y social que generan. La inseguridad percibida deteriora la convivencia, afecta a la libertad y erosiona la confianza institucional. Gestionar la seguridad implica también gestionar emociones colectivas. La comunicación institucional no puede limitarse a ofrecer datos técnicos; debe generar confianza, credibilidad y sensación de control. Porque cuando el miedo ocupa el espacio de la racionalidad, la percepción termina teniendo consecuencias tan reales como la propia amenaza. Cuando el miedo vuelve antes que el virus Dra. Montserrat IglesiasLucía Directora de Prevención y Seguridad Integral (EPSI-UAB)
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