/ Julio-Agosto 2026 40 Opinión En muchos centros de trabajo, edificios e instalaciones existe una frase que aparece cada vez que alguien advierte una deficiencia: “Nunca ha pasado nada”. Se utiliza para justificar una puerta que no cierra correctamente, una cámara averiada, una zona sin cobertura de radio o un procedimiento que nadie aplica como fue diseñado. La ausencia de incidentes se convierte así en la principal prueba de que el sistema funciona. Sin embargo, que no haya ocurrido nada no significa que una instalación sea segura. Puede significar que todavía no se han dado las circunstancias para que una vulnerabilidad se transforme en un incidente. Normalización de fallos La mayoría de las vulnerabilidades no aparecen de un día para otro. Una puerta comienza a fallar de manera ocasional. Al principio se comunica, pero como continúa funcionando la mayor parte del tiempo, se retrasa su reparación. Una cámara pierde parcialmente la visión de una zona. Un equipo de comunicación deja de tener cobertura en un punto concreto, pero el personal aprende a desplazarse para poder transmitir. Con el tiempo, estas situaciones dejan de considerarse anomalías y pasan a formar parte del funcionamiento habitual. El riesgo aparece cuando coinciden varias debilidades. Una puerta que no cierra, una cámara que no cubre correctamente un acceso y una comunicación tardía pueden convertir una incidencia menor en un problema grave. Los incidentes rara vez dependen de un único fallo; suelen ser el resultado de una cadena de errores tolerados durante demasiado tiempo. La tecnología no basta Las organizaciones han aumentado su dependencia de los sistemas de videovigilancia, las alarmas, los controles de acceso y los equipos de comunicación. Herramientas imprescindibles que pueden generar una falsa sensación de protección. Un sistema de videovigilancia pierde valor si existen zonas sin cobertura, si las imágenes no se supervisan adecuadamente o si no hay un procedimiento claro de actuación. Una alarma deja de ser útil cuando genera tantas falsas activaciones que el personal reacciona con menor atención. Un control de accesos puede ser avanzado, pero resultará insuficiente si las tarjetas se comparten o las puertas permanecen abiertas por comodidad. La tecnología necesita mantenimiento, supervisión y una respuesta humana adecuada. No basta con comprobar que los equipos están encendidos; es necesario verificar que cumplen su función y que el personal sabe cómo actuar ante una alarma, una avería o una situación imprevista. Personal de seguridad Dentro de cualquier sistema de protección, el personal de seguridad privada constituye uno de los principales elementos de detección temprana. Su función no se limita a controlar accesos, atender alarmas o intervenir cuando el incidente ya se ha producido. Su presencia continuada le permite conocer el funcionamiento real de la instalación, observar las rutinas e identificar cambios que pueden pasar inadvertidos para otros miembros de la organización. Un vigilante de seguridad puede detectar que una puerta permanece abierta con mayor frecuencia, que una persona muestra un interés inusual por una zona restringida, que determinados trabajadores incumplen un procedimiento o que un vehículo aparece varios días en las proximidades sin una razón aparente. Consideradas por separado, estas observaciones pueden parecer poco relevantes. Analizadas en conjunto, sin embargo, pueden anticipar una vulnerabilidad, una conducta preparatoria o una alteración significativa de la normalidad. Los sistemas tecnológicos detectan eventos previamente configurados: una “Nunca ha pasado nada”: la frase más peligrosa en seguridad Javier Navidad Valle Departamento de Operaciones de Pycseca Seguridad
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