Seguritecnia 520

Opinión apertura no autorizada, un movimiento, una pérdida de señal o una intrusión. El profesional de seguridad, en cambio, interpreta el contexto. Puede distinguir entre una conducta habitual y otra que no encaja con el entorno, aunque todavía no se haya activado ninguna alarma. Esta capacidad convierte al personal de seguridad privada en un verdadero sensor humano. No sustituye a la tecnología, sino que la complementa con aquello que los sistemas automáticos no pueden aportar por sí solos: experiencia, conocimiento del entorno, capacidad de observación y criterio para relacionar hechos aparentemente inconexos. El vigilante de seguridad que comunica una anomalía no está creando un problema. Está aportando información antes de que el problema se produzca. Personal operativo Para aprovechar este valor, la organización debe escuchar al personal operativo. Cuando una observación se responde con expresiones como “eso siempre ha estado así”, “no es para tanto” o “nunca ha pasado nada”, no solo se minimiza una posible deficiencia. También se debilita la cultura preventiva y se transmite la idea de que comunicar anomalías no merece la pena. Con el tiempo, el personal puede dejar de informar porque considera que no será atendido. La organización pierde entonces una de sus principales fuentes de detección temprana. Pero detectar no es suficiente. La información debe comunicarse, registrarse, analizarse y recibir seguimiento. Los partes de servicio, los informes de incidencias y las reuniones operativas no deberían entenderse solo como trámites administrativos. Revisados de forma periódica, pueden mostrar lugares vulnerables, averías repetidas o procedimientos que no se cumplen. Reconocer al personal de seguridad como sensor humano también exige mejorar su formación. No basta con enseñarle cómo actuar ante un incidente. Debe saber observar, interpretar, comunicar y diferenciar entre una irregularidad y una señal que requiere atención. Del reporte a la mejora Para evitar la normalización de los fallos, cada incidencia relevante debería tener un responsable de seguimiento, un plazo de resolución y una comprobación posterior de la medida adoptada. Los simulacros también permiten verificar la eficacia real de los procedimientos. Un ejercicio puede revelar puntos sin cobertura de radio, mensajes de megafonía poco claros o trabajadores que desconocen sus funciones. Detectar estas deficiencias permite corregirlas antes de una emergencia real. No todas las mejoras requieren grandes inversiones. A menudo basta con clarificar responsabilidades, actualizar un procedimiento, realizar una formación práctica o mejorar la coordinación entre departamentos. Cultura de prevención Una organización segura no es aquella en la que nunca se registra una incidencia. Es aquella que observa sus debilidades, escucha a quienes conocen la instalación y actúa antes de que el riesgo se materialice. La ausencia de incidentes puede ser el resultado de una buena gestión, pero también puede responder a la casualidad. Distinguir entre ambas situaciones exige revisar los sistemas, analizar las incidencias y conceder valor a las observaciones del personal de seguridad. Los sistemas de videovigilancia, las alarmas y los controles de acceso son esenciales, pero no interpretan todo lo que sucede en una instalación. Es el profesional de seguridad quien puede aportar contexto, detectar aquello que se aparta de la normalidad y relacionar señales que podrían parecer irrelevantes. En seguridad, la confianza no debe apoyarse en la frase “nunca ha pasado nada”, sino en otra más exigente: “Observamos lo que sucede, escuchamos las señales y estamos preparados para responder”. Esa diferencia separa la tranquilidad aparente de una verdadera cultura de prevención. / Julio-Agosto 2026 41

RkJQdWJsaXNoZXIy MTI4MzQz