/ Septiembre-Octubre 2026 30 Seguridad en Hospitales Un hospital de nivel III o IV es una ciudad que no cierra nunca. Cada día cruzan sus puertas miles de personas (pacientes, familiares, profesionales, proveedores…) y bajo su techo se custodian radionucleidos, farmacia hospitalaria, datos clínicos y vidas humanas que no admiten un segundo de interrupción. Sin embargo, su seguridad sigue dependiendo, en demasiados casos, de un vigilante, unas cámaras y la voluntad del gerente de turno. España regula al milímetro el fuego, la bioseguridad y la trazabilidad del medicamento. No regula cómo debe protegerse un hospital. Y lo que no es obligatorio es lo primero que se recorta. Por eso escribo estas líneas: creo que ha llegado el momento de dar un paso. Seguridad tardía Los riesgos de un gran hospital se cruzan entre sí. Están las personas, pacientes y profesionales, que merecen un entorno protegido. Está el control de accesos: las zonas públicas conviven con quirófanos, UCI, farmacia o radiodiagnóstico sin anillos de seguridad reales por limitaciones arquitectónicas nunca corregidas. Está la información clínica, una de las más sensibles que existen. Y está la convergencia físico-digital: un sabotaje sobre los gases medicinales, la climatización de áreas limpias o el centro de datos puede paralizar la asistencia con consecuencias letales. Pese a ello, el modelo que veo imperar es reactivo: una cámara tras el titular, un vigilante más tras el incidente, un protocolo local que cambia con cada equipo directivo. Creo firmemente que la seguridad hospitalaria no puede gestionarse con parches. Exige ingeniería de seguridad, análisis de riesgos continuo y procedimientos comunes. Dos Españas Hay comunidades que lo han entendido. Andalucía, por ejemplo, ha avanzado hacia la exigencia de diagnósticos de vulnerabilidad y planes de seguridad dirigidos por profesionales habilitados. Y hay otras donde el hospital funciona sin director de seguridad en su organigrama, con la materia en manos de direcciones de gestión o servicios generales sin formación específica. No es mala fe: es falta de cultura de seguridad. Y cuando esa cultura falta, ocurre lo que ocurre: Sistemas de videovigilancia y control de accesos comprados por precio que acaban inoperativos, descoordinados o incumpliendo la protección de datos. Dispositivos de emergencia y de trabajador aislado inexistentes o sin una central que los atienda. Por qué defiendo un reglamento técnico obligatorio de seguridad hospitalaria Fernando Luis Carrillo Vázquez Miembro de la Junta Directiva del Observatorio de Seguridad Integral en Centros Hospitalarios (OSICH)
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