Seguritecnia 521

/ Septiembre-Octubre 2026 98 Inteligencia y Seguridad Las crisis más peligrosas no siempre comienzan con una declaración de guerra, una movilización militar o un ataque inequívocamente atribuible. En lo que hoy día se denomina como “zona gris”, la acción hostil suele avanzar mediante señales dispersas: presión diplomática, campañas informativas, movimientos de población, activación de redes sociales, empleo de actores interpuestos o alteraciones deliberadas de la normalidad. Cada indicio, considerado aisladamente, puede parecer insuficiente. El riesgo aparece cuando varios de ellos convergen y el decisor continúa interpretándolos como hechos independientes. La invasión de inmigrantes en Ceuta en 2021, el asalto masivo de 2026 o el ataque de Hamás contra Israel del 7 de octubre muestran escenarios muy diferentes, que comparten un mismo problema que deben afrontar los analistas de inteligencia y seguridad: los informes de inteligencia no llegan a modificar la percepción de la amenaza que maneja el decisor político (sector estatal) o ejecutivo (nivel de corporaciones privadas). En unos casos domina la ambigüedad sobre la intención o la dirección de los acontecimientos; en otros, los informes tozudamente reducen la incertidumbre, pero quedan neutralizados por sesgos, explicaciones alternativas o una confianza excesiva por parte del decisor o sus asesores y jefes de gabinete para los cuales el adversario mantendrá su conducta habitual. Los métodos convencionales de análisis de riesgos como el clásico Mossler permiten valorar amenazas, vulnerabilidades e impactos, pero resultan menos eficaces cuando el adversario utiliza deliberadamente la incertidumbre para permanecer por debajo del umbral de respuesta. No basta, por tanto, con preguntarse qué puede ocurrir y qué daños produciría; también debemos determinar cuánto desconocemos, qué amenaza cree estar viendo el decisor y si existe una brecha entre el riesgo observado y el riesgo percibido. Este artículo propone un procedimiento cuali-cuantitativo sencillo para los analistas que combina el análisis de riesgos con dos parámetros: “Z”, como medida de la incertidumbre, y “P”, como expresión de la percepción de amenaza. Su finalidad no es predecir mecánicamente el próximo ataque, sino ayudar al analista a presentar sus valoraciones ante el decisor cuándo una sucesión de indicios está dejando de ser ruido para convertirse en una amenaza inminente. Marco teórico La zona gris describe un espacio de confrontación situado entre la competencia ordinaria y el conflicto armado abierto. En él, un actor intenta obtener ventajas políticas, estratégicas o territoriales sin ejecutar una agresión tan inequívoca que desencadene una respuesta militar o política contundente. Como advierte Mazarr (2015), estas estrategias explotan deliberadamente la ambigüedad, avanzan de manera gradual y dificultan que el adversario determine cuándo se ha producido una alteración suficiente del statu quo. Hoffman (2007), por su parte, destacó que los conflictos contemporáneos tienden a combinar capacidades convencionales, tácticas irregulares, terrorismo y actividades criminales. Aplicada a la zona gris, esta lógica permite integrar instrumentos diplomáticos, informativos, económicos, sociales, cibernéticos o militares sin necesidad de emplearlos simultáneamente ni bajo una dirección fácilmente demostrable. Una campaña de desinformación, una presión migratoria instrumentalizada o una movilización irregular pueden parecer fenómenos independientes; adquieren otra relevancia cuando convergen sobre una misma vulnerabilidad y favorecen un objetivo político común. Esta forma de confrontación no persigue únicamente causar daños materiales. También trata de condicionar la manera en que el adversario interpreta los Entre el riesgo real y la amenaza percibida. Anticiparse a las acciones hostiles en la zona gris Arturo Esteban Ceballos Asociación de Licenciados Españoles en Seguridad y Defensa (ADESyD)

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