Protección contra Incendios saje más gestionado y menos vulnerable frente al fuego. Extinguir ya no basta Sería un error interpretar esta evolución como una falta de preparación de los dispositivos de emergencia. Todo lo contrario. Los servicios de extinción disponen hoy de mejores medios materiales, mayor capacidad de coordinación, herramientas tecnológicas más avanzadas y una formación muy superior a la existente hace apenas unas décadas. Sin embargo, también ha cambiado el comportamiento del fuego. La intensidad que alcanzan algunos incendios hace que, en determinadas circunstancias, la prioridad deje de ser apagar directamente el incendio para pasar a condicionar su evolución, proteger a la población y conducir el frente hacia zonas donde pueda perder intensidad o encontrar oportunidades de control. Es lo que ocurre cuando un incendio supera la denominada capacidad de extinción. En esos casos, el fuego desarrolla un comportamiento tan intenso que los medios disponibles ya no pueden detenerlo frontalmente con seguridad. La estrategia pasa entonces por reducir sus consecuencias y aprovechar las oportunidades que ofrece el propio territorio para limitar su avance. Esta realidad obliga a replantear la estrategia. La extinción sigue siendo imprescindible, pero ya no puede constituir la única respuesta. Cuanto mejor preparado esté el territorio antes de que se produzca la ignición, mayores serán las posibilidades de que el incendio no llegue a alcanzar un comportamiento extremo. Especialmente sensibles son las zonas de interfaz urbano-forestal, donde viviendas y monte conviven de forma directa. Las urbanizaciones dispersas y las viviendas rodeadas de vegetación presentan un elevado nivel de exposición cuando se produce un gran incendio forestal. Mantener franjas perimetrales de protección, gestionar adecuadamente la vegetación próxima a las edificaciones y garantizar accesos para los servicios de emergencia resulta hoy más importante que nunca. Junto a estas medidas, las nuevas tecnologías empiezan a desempeñar un papel cada vez más relevante. El análisis de grandes volúmenes de datos y el estudio de patrones meteorológicos asociados a incendios permiten mejorar los sistemas de predicción del riesgo y anticipar situaciones especialmente desfavorables, facilitando una mejor planificación de la prevención y de la respuesta. Responsabilidad compartida Aunque el cambio climático y la evolución del territorio explican buena parte del incremento del riesgo, la mayoría de los incendios forestales continúa teniendo detrás un factor humano. En muchos casos no existe intencionalidad, sino pequeños descuidos o negligencias durante trabajos agrícolas, el uso de maquinaria, actividades recreativas o comportamientos inadecuados en el medio natural. Por ello, la prevención no puede recaer exclusivamente sobre las administraciones públicas, los servicios de emergencia o quienes viven y trabajan en el medio rural. En un escenario de riesgo creciente, reducir el impacto de los incendios exige también la implicación de toda la ciudadanía. Respetar las restricciones establecidas durante los periodos de alto riesgo, extremar las precauciones en el medio natural o evitar conductas imprudentes son gestos que pueden resultar determinantes cuando las condiciones favorecen una rápida propagación del fuego. Los incendios forestales seguirán produciéndose. El cambio climático continuará condicionando el comportamiento del fuego y no es posible modificar esa realidad a corto plazo. Lo que sí puede cambiar es la forma en que nos preparamos para convivir con este riesgo. El gran reto de los próximos años será actuar antes de que aparezca el fuego. La planificación del territorio, la prevención y la implicación de toda la sociedad serán decisivas para evitar que un incendio acabe convirtiéndose en una gran emergencia. / Julio-Agosto 2026 45
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